A dar la cencerrada.

Cuando en la villa tenían lugar unas segundas nupcias o matrimonios de edades muy desiguales entre los novios (se casaba un viejo con una joven o una vieja por segunda o tercera vez) o en matrimonios de conveniencia (es decir, cuando los padres obligaban al hijo o hija a casarse con un tonto o tonta por interés económico)… se les hacía a los novios una sonora cencerrada. Una vez corrida la voz del enlace, fuera porque algún allegado se iba del pico, fuera porque lo soplaba el sacristán, o porque se montaba guardia, difícilmente los novios se escapaban sin la ensordecedora cencerrada y del bochorno de verse acompañados al templo entre alboroto y burla. Los vecinos cogían de la casa o de la cuadra, cualquier utensilio susceptible de hacer mucho ruido. Generalmente esquilones o cencerros; pero también servían sartenes, almireces de bronce o carracas que emitiesen sonido fuerte, rústico, desapacible y de efecto grotesco.

El diccionario de la RAE define la cencerrada como un ruido molesto que se produce con cencerros y otros utensilios con carácter festivo o de burla.

La popular cencerrada imitaba –groseramente- elementos propios de la liturgia eclesiástica en tono de sorna. Siendo el más común el empleo del grotesco cencerro emulando a la campanilla litúrgica (empleada por los monaguillos para avivar la atención de los fieles participantes en la celebración y reclamar su interés, o para advertir por las calles del paso del Santísimo e invitarles a veneración). El cencerreo obraba lo recíproco, en sentido profano, convocar al vecindario para hacer escarnio de los que se casaban sin tener edad para ello o sin guardar debido respeto al recuerdo del cónyuge finado.

Otro tanto sucedía con la costumbre, también empleada, algunas veces, de hacer pasear a los novios bajo un ridículo palio, confeccionado con algún raído cubre y cuatro cañas, precedidos de unas latas humeantes cogidas con alambres a modos de incensarios –que en vez de sahumerios como el incienso- quemaban sustancias picantes o malolientes. O –cuando ofrecían resistencia- la conducción de los novios por las calles del pueblo en un andrajoso carro tirado por asnos, entre burlas obscenas.

En la cencerrada encontramos diversidad de elementos que, además de hacer parodia popular de la liturgia católica, ponían de manifiesto la pervivencia -en la mentalidad popular- de las penas del antiguo Derecho medieval. Así por ejemplo el acto de pasear por calles y plazas a los cónyuges o a las imágenes que los representan para humillarlos y someterlos a befa. De modo que una pena antigua que, de un lado, se imponía a las adúlteras; de otro, a los maridos consentidos y de otro, a alcahuetes, hechiceros, brujas y hechiceras, era la de exponerlos a la vergüenza pública montados en asnos que se paseaban por las calles del pueblo en que se leía la sentencia y se les azotaba. Esta práctica duró hasta bien entrado el siglo XVIII.

Hasta la guerra civil fueron frecuentes las cencerradas en Gaibiel (y ello pese a que, durante más de dos siglos, se dictaron leyes generales contra ellas sin efecto), fueron desaparecido por el profundo cambio en mentalidad y las costumbres. Poco importaba que la boda fuera por lo civil o lo canónico. Las últimas se hicieron en las bodas civiles durante la II república.

No hemos sabido de ninguna cencerrada que en Gaibiel acabara trágicamente, como ocurrió en muchos lugares; pero sí que hemos podido constatar que en esta tierra se aplicaba con mayor severidad a los que quería evadirse de esa sonrojante costumbre. Una de las cencerradas más sonadas fue la de aquel infeliz –no mencionaremos el nombre por no perpetuar la humillación- que pensó librarse de su cencerrada contratando un taxi de Segorbe. Pensando que les llevase de puerta a puerta y salir pitando del templo nada más terminar la ceremonia. Pero la astucia de los mozos impidió que el taxista pasase de la entrada del pueblo. Fueron los novios los que tuvieron que ir a buscar el coche, acompañados de una estruendosa cencerrada. Que avanzaba al ritmo guasón que dictaba el que oficiaba de director de la marcha, que con voz gangosa decía: ¡paso corto, paso corto y mucho humo! Muchas fueron las humillaciones que, entre un ruido “estridente y ensordecedor, risas inmisericordes y gestos obscenos”, hubo de soportar aquella pareja.

Ni que decir tiene que muchos de estos contrayentes procuraban casarse en secreto, a escondidas, en el templo de madrugada y a puerta cerrada, con la sola presencia de los testigos; o a deshora en la ermita para despistar a las gentes y librarse del ruidoso bullicio y jolgorio. Porque de ordinario los cencerros les acompañaban a la Iglesia y no cesaban hasta después de la boda, cuando ya salían de la Iglesia convertidos en marido y mujer, iban detrás de ellos dando ruido y cantando hasta la casa donde se disgregaba el bullanguero acompañamiento. No eran los ruidos lo peor que tenían que soportar los novios sino los cantos y las coplas que los mozos entonaban explicando las razones que habían movido a los padres a tomar aquella determinación contra la voluntad de la hija.

La cencerrada entran en el ciclo de las costumbres no aprobadas por la Iglesia ni por la autoridad civil; pero eran celebradas por el pueblo conforme a un sistema de defensa de su peculiar forma de considerar la moralidad pública, haciendo burla del que se casa varias veces o del viejo o viuda que no se conforma con su estado, o de los padres casamenteros por interés que casan al mozo con la vieja desdentada o la tonta para hacerse con sus bienes. Así la cencerrada subrayaba lo reprobable de los matrimonios desiguales por edad o dinero.

El uso de dar cencerradas estaba extendido en todo el mundo rural, e incluso en el urbano. Como recoge E.P. Thompson, en “Costumbres en común”,1995 Grijalbo Mondadori, o Eugenio Noel “España nervio a nervio”, editado por Espasa-Calpe, en 1963.

Comentarios

Marlene ha dicho que…
Hola, Miguel, muy interesante tu artículo. En mi país se conservan las cencerradas y llevo cuatro años investigándolas. Lo que en los campos cubanos sustituyeron los cencerros por caracolas. Me gustaría poder compartir información con usted. Mis felicitaciones

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