sábado, 9 de mayo de 2009

El Templo de Gaibiel (II). Fachada y portada

Foto: Rocardo>maia. picasaweb.google.com/.../ZI3vBM7AKWbmRi1eoUwOdQ
La fachada es de mampostería y sillería con remate mixtilíneo a los pies con volutas adosadas a los lados y remates de “pináculos con bola” en los extremos. En el centro superior presenta un óculo central de mampostería. Aprovechando la restauración del 2007 se abrió el vano de la ventana cegada que había sobre el coro, colocando la vidriera del Espíritu Santo (replica de la del retablo de la gloria de Bernini) que dota de mayor luminosidad la boveda de la nave central.

Sigue el sencillo esquema compositivo de los templos valencianos de la época; prima la sobriedad en la ornamentación y la austeridad. Los sillares que se observan en ella nos informan de la traza y proporciones del antiguo templo, de dimensiones mucho más modestas.
En la parte inferior, junto a un ventanuco a la izquierda de la portada, se observa un antiguo acceso cegado. Era una antigua puerta que permitía al alguacil entrar al campanario -sin tener que pasar por el cancel del templo- previsto para los usos civiles de las campanas. Ese acceso se abrió en tiempos decimonónicos cuando en la política municipal soplaban vientos de feroz anticlericalismo y las relaciones entre Iglesia-Conejo eran tempestuosas.

El Campanario. En el extremo izquierdo de la fachada se levanta, adosada al templo una robusta torre barroca, hecha de ladrillo y piedra, de planta cuadrada situada a los pies del templo en el lado del evangelio. Consta de cuatro cuerpos, y está rematada por una espadaña, de galería corrida alrededor del campañil. Consta de cinco campanas: Sta. Maria del Rosario y San Antonio 1; San Pedro 2 y 4; Divina Pastora 4 y Sto. Cristo de al Sed 5. Fue restaurado en el año 1998 cuando se recuperaron las campanas que habían sido destruidas, echadas a tierra por los milicianos en la guerra del 36 cuando el frente se acercaba a Gaibiel. La matraca se perdió tambien en esas fechas.

La portada. Responde al esquema compositivo que se impone en España en el siglo XVIII. Esta formada por dos cuerpos unidos por un entablamento partido en dos por una imponente cornisa volada. En el cuerpo inferior presenta un vano de acceso adintelado, enmarcado por moldura y flanqueado por cuatro sólidas pilastras, superpuestas, de capitel acornisado de orden toscano y cuerpo arquitrabado superior, asentadas sobre pedestales.

El segundo cuerpo lo define una hornacina central de arco de medio punto (para acoger la imagen del titular del templo: San Pedro Apostol) enmarcada por dos pilastras jónicas estriadas, a cuyos lados aparecen dos grandes volutas a modo de aletones y custodiadas por dos grandes copones ornamentales en los extremos. Sobre un pequeño entablamento se asienta un remate a modo de ático semicircular rematado por un coponcillo y dos pequeños pináculos con bola.

La puerta es de madera de mobila, recubierta de chapa de hierro, decorada con dibujo inciso cincelado, que representa: un marco de cenefa vegetal para enmarcar la iconografía petrina que la ornamenta, alusiva al titular del templo:SAn Pedro apóstol. Son cuatro los elementos simbólicos empleados: las llaves y el libro de la Sagrada Escritura, la Iglesia, la tiara pontificia con el báculo del patriarcado y el gallo. Todo ello sobre un “drapeado”, abajo -junto con el báculo papal- aparece la inscripción: “Año-1797”. La colocación de estas soberbias puertas representó la conclusión de las obras de ampliación y reforma del templo nuevo.

domingo, 3 de mayo de 2009

EL TEMPLO PARROQUIAL DE GAIBIEL (I)


La documentación conocida -hasta el presente- permite afirmar que en 1277 ya existía en Gaibiel un templo cristiano [1]. Un edificio de modestas dimensiones (aproximadamente la mitad de ancho y largo que el actual). Era la antigua mezquita reconvertida, que tras la reconquista, comenzó a ser administrada como Vicaría de moriscos. El eremitorio de San Blas, que presenta traza propia de un gótico rural, rustico y sobrio, es edificación cristiana posiblemente elevada sobre restos ancestrales de los primeros asentamientos y culturas que por el lugar pasaron.


A mitad del S. XVI, el Obispo Gaspar Jofre de Borja[2] configura canónicamente el lugar como Rectoría de moriscos y la pone bajo el patrocinio del apóstol San Pedro Apóstol. Posteriormente el templo se erige canónicamente como parroquia en el año 1597, cuando el obispo Feliciano Figueroa remite la propuesta de creación de nuevas parroquias al monarca Felipe II, logrando para Gaibiel -entre otras poblaciones de la diócesis- la elevación de rango[3].

En la década de 1790 se realiza la construcción del nuevo templo, bajo el pontificado de Don Lorenzo G. de Ahedo (1784-1809) quien pone personalmente la primera piedra de la obra en 1792[4]. La fabrica del templo consistió en una ampliación considerablemente de su planta (con el anexo de las naves laterales y retranqueo del presbiterio) y una significativa elevación de la techumbre abovedada. La Iglesia fue construida en mampostería y sillería, con contrafuertes por encima de las capillas laterales. El estilo artistico del templo es propio de un barroco académico.

El templo -en el exterior- sólo queda exento en la fachada, el resto queda encajado entre edificios en el lado de la epistola, el abside y en parte del lado del evangelio.


En la ampliación se aprovechó para ornamentar con magnificencia el interior. El dorado de las metopas y triglifos que recorren bajo la cornisa todo el interior; y el de las molduras de las pilastras o la enmarcacion laureada de los tondos y lunetos. Las pinturas murales ubicadas en las puertas de acceso: bajocoro, sacristía y capilla penitencial; amén de las de la bóveda, son de notable calidad. Todas ellas del XVIII y obra de taller (lo que significa que aparecen sin firmar y que fueron pintadas por los ayudantes más aventajados de un renombrado artista) que, en este caso, parece ser Olier o Vergara.


Los diversos tondos, pechinas, lunetos y cartelas del templo representan motivos diversos. Los tondos, en la bóveda central y el crucero, exhiben distintas escenas de la vida y labor apostólica de San Pedro Apóstol, santo titular del templo. Pasajes sagrados como la visión de Jafa, la liberación milagrosa de la cárcel, la glorificación de Pedro, la entrega de las llaves y la entrega de limosna a un tullido (Este último fresco sufrió daños durante la Guerra Civil, lo que hizo que se perdiera más de la mitad del tondo). Las cartelas sobre las puertas representan: una, la Anunción; y la otra, un descanso en la huida a Egipto. Y las dos del presbiterio a San Pablo y San Pedro respectivamente (ésta, perdida). Y en el crucero, en las pechinas en que reposa la cúpula: alegorías de la Iglesia y de las tres virtudes teologales. Completando el conjunto iconográfico, en el crucero, cuatro lunetos representaban las alegorías de las cuatro virtudes cardinales (que están ocultas, desde el s. XIX -en mal estado de conservación- bajo la simbología del sol y la luna).


[1] Cfr. el pleito entre los obispados de Segorbe, Albarracin y Valencia. En Noticias de Segorbe y de su obispado. Caja de ahorros y M.P de Segorbe. 1975. T.I pg 110 ss, nn 126-129.
[2] Ibidem . p 223. Cfr. nn 223- 225 Información sobre la visita pastoral a la dióceis entre 1536-1543
[3] Ibidem p 316 n 297.
[4] SARTHOU CARRERES, C. Geografía general del reino de Valencia. Provincia de Castellón. Caja de ahorros y M:P de Castellon, 1989. pp1025-1026

domingo, 8 de marzo de 2009

De pordioseros y mendicantes

Los andariegos mendigos visitaban periódicamente Gaibiel. Por los caminos se decían unos a otros en qué casas se ejercía la caridad, aquellas en las que tendrían, al menos, un mendrugo asegurado. La calidad de las fachadas, puertas y balcones informaba a los mendigos de los posibles que aquella casa ofrecía y solían orientarse por ellas.

Recorrían las calles “pordioseando”. El origen de la palabra proviene de los mendigos y pedigüeños que pedían limosna invocando a Dios, con fórmulas: «una limosna, por Dios» o «déme algo, por Dios». Pordiosero salió de ese “por Dios”, al que se añadió el sufijo -ero, propio de los nombres de profesión (panadero, zapatero, torero…), porque tales mendigos eran «profesionales» del limosneo.
Entre las diversas tipología de Pordioseros tenemos al pobre, el mendigo, el pedigüeño, el mendicante, el desvalido, el necesitado, el mísero… De entre ellos los que mas fortuna tenían eran aquellos que exibían su mal: los ciegos, los tullidos, los enfermos… Sus ropas sucias, viejas y ajadas… movían a mayor compasión a las mujeres. Poco había en las casas gaibielanas pero, pese a ello, casi siempre recibían algo. Que el pobre siempre es solidario con el pobre.

Desde que entraban al pueblo, se escuchaba un ininterrumpido sonsonete lastimero… que se hacía más fuerte al apoyarse el pobre en el “mimbral” de la puerta, entre las cortinas, pidiendo una limosna por el amor de Dios, hasta que alguno de la casa salía a remediarle.

Mendigos los había de muchas clases unos muy misteriosos y sobrios, que tal vez llegaban ocultando un pasado político sin perder el orgullo, pero a otros se les veía ya muy llagados y harapientos. Se les reconocía por la voz lastimera y temblorosa o por la fórmula barroca que empleaban para mover el corazón. Algunos recitaban versos populares de santos y milagros, otros inventaban historias sobre su desgracia, otros simplemente en su desvarío soplaban a las nubes. Para agradecer la limosna o asegurarsela algunos daban estampas de santos o unos pliegos con romances sacros. Alguna vecina de Gaibiel conserva -aún hoy, añoso y envejecido- uno de aquellos pliegos con romances hagiográficos de la vida de santos, como el popular “Romance de San Antonio” que dice así:

Divino Antonio precioso
Suplicad a Dios inmenso
Que con su Divina Gracia
Alumbre mi entendimiento

Para que mi lengua
Refiera el milagro
Que obró San Antonio
A los ocho años.

Este niño fue criado
Con mucho temor de Dios
De sus padres estimado
Y del mundo admiración.

Fue caritativo
Y perseguidor
De todo enemigo
Con mucho rigor.

Su padre era un caballero
Hombre cristiano y prudente
Que mantenía su casa
Con el sudor de su frente.

Y tenía un huerto
Donde recogía
Cosechas y frutos
Que el tiempo traía.

Por la mañana un domingo
Como siempre acostumbraba
Se marchó su padre a Misa
Cosa que nunca olvidaba.

Y le dijo así
Ven acá hijo amado
Mira que te tengo
Que dar un encargo.

Mientras que yo estoy en Misa
Gran cuidado has de tener
Mira que los pajaritos
Todo lo echan a perder.

Entran en el huerto
Pican el sembrado
Por eso te encargo
Que tengas cuidado.

Cuando se ausentó su padre
Y a la Iglesia se marchó
Antonio quedó cuidando
Como su padre mandó.

Salir pajaritos
Salir del sembrado
Que ha dicho mi padre
Que tenga cuidado.

Y para que cumplir pueda
Con toda mi obligación
Voy a encerraros a todos
Dentro de una habitación.

Y a los pajaritos
Venir les mandaba
Y ellos muy humildes
En el cuarto entraban.

Entren águilas con orden
Cigüeñas, urracas, grajas
Colorines y abertoldos
Y entren también las garzas.

Entren gavilanes
Con las golondrinas
Palomas, jilgueros
Y las carcellnas.

Entre el cuco y el milano
Entre el tordo y el mochuelo
Entre el pájaro pintado
Y el pájaro carpintero.

Entren los gorriones
Entren las perdices
Y las avutardas
Y las codornices.

Cuando venía su padre
A todos mandó callar
Llegó su padre a la puerta
Y comenzó a preguntar.

¿Dime hijo amado
Que tal Antoñito
Te has portado bien
Con los pajaritos?.

El hijo le contestó
Padre no tengas cuidado
Que para que no hagan mal
Aquí les tengo encerrados.

El padre que vio
Milagro tan grande
Al señor Obispo
Trató de avisarle.

Ya viene el señor Obispo
Con grande acompañamiento
Todos quedaron confusos
Al ver tan grande portento.

Abrieron ventanas
Puertas a la par
Por ver si las aves
Querían volar.

Y les dice San Antonio
Señores nadie se agravie
Los pajaritos no salen
Hasta que yo no lo mande.

Se pone a la puerta
Y les dice así
Vamos pajaritos
Ya podéis salir.

Salgan águilas con orden
Cigüeñas, urracas, grajas
Colorines y abertoldos
Y salgan también las garzas.

Salgan gavilanes
Con las golondrinas
Palomas, jilgueros
Y las carecimos.

Salga el cuco y el milano
Salga el tordo y el mochuelo
Salga el pájaro pintado
Y el pájaro carpintero.

Salgan los gorriones
Salgan las perdices
Y las avutardas
Y las codornices.

Luego que fuera salieron
Todos juntitos se ponen
Esperando a San Antonio
Para ver lo que dispone.

Marchaos por las piedras
Por riscos y prados
No andéis por la siembra
Que hacéis mucho daño.

Cuando levantan el vuelo
Cantan con mucha alegría
Despidiéndose de Antonio
Y toda la compañía.

Y viendo el Obispo
Milagro tan grande
Por todas las partes
Mandó publicarle.

Árbol de grandiosidades
Fuente de la claridad
Deposito de bondades
Padre de inmensa bondad.

Antonio divino
Por tu intercesión
Todos merezcamos
La eterna mansión. AMEN.

Las amas de casa cruzaban parcas palabras con ellos. Si estaban ocupadas o andaban escasas de recursos gritaban desde el fondo de la casa: - ¡que Dios le remedie, hermano, otra vez será! O bien salían a la puerta y les entregaban un mendrugo en silencio, muchas veces por modestia sin mirarles siquiera a la cara.
Cuentan de un mendigo que se equivocó de puerta y pidió limosna en una casa donde vivía una mujer bromista.—Por caridad, señora, deme un poco de pan, que hace tres días que no he comido nada.—¿Que no ha comido nada en tres días, dice usted? Pero, hombre, ¿cómo hace esas cosas? Pues no juegue con el estómago, que eso es muy malo. Le contestó la mujer cerrándole la puerta.

Entre los Pordioseros hay que incluir a los limosneros de los conventos llevan siempre en boca el “Por-Dios” para obtener la limosna conventual. Grasa, huevos, aceite… Hasta Gaibiel solían venir, entre otras, las monjas del asilo. Iban a la escuela y la maestra solía mandar un par de niñas o tres para que les acompañasen. De cada casa recogían una taza de aceite o medio litro; unos huevos o patatas... En ocasiones aceptaban ropa, en buen uso.nada menospreciaban. Que un grano no hace granero, pero ayuda al molinero.

La figura del fraile limosnero era bien conocida en nuestro pueblo pudiéndose contemplar con periodicidad la figura del mendicante. Su silueta se recortaba sobre el horizonte de los caminos, o ruando, con su saco a cuestas o con el capazo en sus manos, teniendo como meta el convento. En la actualidad, ha desaparecido su figura dado que los cenobios han menguado en número sus ocupantes y con ello el volumen de sus necesidades más inmediatas.

Solían ser hermanos legos, un donado o hermanuco, era nombrado así el que pertenecía a la orden religiosa en calidad de sirviente, pero que no había profesado. Se admitían en la comunidad religiosa y podían participar de ciertos beneficios; también podían ejercer el cargo aquellos seglares que, por razones personales, habían decidido retirarse a un monasterio. Raramente el limosnero era un religioso ungido y ordenado. Solían salir muy temprano del convento dispuestos a recorrer un buen puñado de kilómetros. Su destino primero eran las casitas desperdigadas por el ancho campo de las tierras de secano y la huerta, las aldeas y poblados. La contribución era voluntaria por lo que, en la mayoría de los casos, el postulante se limitaba a recibir, sin tener necesidad pedir.

sábado, 28 de febrero de 2009

A dar la cencerrada.

Cuando en la villa tenían lugar unas segundas nupcias o matrimonios de edades muy desiguales entre los novios (se casaba un viejo con una joven o una vieja por segunda o tercera vez) o en matrimonios de conveniencia (es decir, cuando los padres obligaban al hijo o hija a casarse con un tonto o tonta por interés económico)… se les hacía a los novios una sonora cencerrada. Una vez corrida la voz del enlace, fuera porque algún allegado se iba del pico, fuera porque lo soplaba el sacristán, o porque se montaba guardia, difícilmente los novios se escapaban sin la ensordecedora cencerrada y del bochorno de verse acompañados al templo entre alboroto y burla. Los vecinos cogían de la casa o de la cuadra, cualquier utensilio susceptible de hacer mucho ruido. Generalmente esquilones o cencerros; pero también servían sartenes, almireces de bronce o carracas que emitiesen sonido fuerte, rústico, desapacible y de efecto grotesco.

El diccionario de la RAE define la cencerrada como un ruido molesto que se produce con cencerros y otros utensilios con carácter festivo o de burla.

La popular cencerrada imitaba –groseramente- elementos propios de la liturgia eclesiástica en tono de sorna. Siendo el más común el empleo del grotesco cencerro emulando a la campanilla litúrgica (empleada por los monaguillos para avivar la atención de los fieles participantes en la celebración y reclamar su interés, o para advertir por las calles del paso del Santísimo e invitarles a veneración). El cencerreo obraba lo recíproco, en sentido profano, convocar al vecindario para hacer escarnio de los que se casaban sin tener edad para ello o sin guardar debido respeto al recuerdo del cónyuge finado.

Otro tanto sucedía con la costumbre, también empleada, algunas veces, de hacer pasear a los novios bajo un ridículo palio, confeccionado con algún raído cubre y cuatro cañas, precedidos de unas latas humeantes cogidas con alambres a modos de incensarios –que en vez de sahumerios como el incienso- quemaban sustancias picantes o malolientes. O –cuando ofrecían resistencia- la conducción de los novios por las calles del pueblo en un andrajoso carro tirado por asnos, entre burlas obscenas.

En la cencerrada encontramos diversidad de elementos que, además de hacer parodia popular de la liturgia católica, ponían de manifiesto la pervivencia -en la mentalidad popular- de las penas del antiguo Derecho medieval. Así por ejemplo el acto de pasear por calles y plazas a los cónyuges o a las imágenes que los representan para humillarlos y someterlos a befa. De modo que una pena antigua que, de un lado, se imponía a las adúlteras; de otro, a los maridos consentidos y de otro, a alcahuetes, hechiceros, brujas y hechiceras, era la de exponerlos a la vergüenza pública montados en asnos que se paseaban por las calles del pueblo en que se leía la sentencia y se les azotaba. Esta práctica duró hasta bien entrado el siglo XVIII.

Hasta la guerra civil fueron frecuentes las cencerradas en Gaibiel (y ello pese a que, durante más de dos siglos, se dictaron leyes generales contra ellas sin efecto), fueron desaparecido por el profundo cambio en mentalidad y las costumbres. Poco importaba que la boda fuera por lo civil o lo canónico. Las últimas se hicieron en las bodas civiles durante la II república.

No hemos sabido de ninguna cencerrada que en Gaibiel acabara trágicamente, como ocurrió en muchos lugares; pero sí que hemos podido constatar que en esta tierra se aplicaba con mayor severidad a los que quería evadirse de esa sonrojante costumbre. Una de las cencerradas más sonadas fue la de aquel infeliz –no mencionaremos el nombre por no perpetuar la humillación- que pensó librarse de su cencerrada contratando un taxi de Segorbe. Pensando que les llevase de puerta a puerta y salir pitando del templo nada más terminar la ceremonia. Pero la astucia de los mozos impidió que el taxista pasase de la entrada del pueblo. Fueron los novios los que tuvieron que ir a buscar el coche, acompañados de una estruendosa cencerrada. Que avanzaba al ritmo guasón que dictaba el que oficiaba de director de la marcha, que con voz gangosa decía: ¡paso corto, paso corto y mucho humo! Muchas fueron las humillaciones que, entre un ruido “estridente y ensordecedor, risas inmisericordes y gestos obscenos”, hubo de soportar aquella pareja.

Ni que decir tiene que muchos de estos contrayentes procuraban casarse en secreto, a escondidas, en el templo de madrugada y a puerta cerrada, con la sola presencia de los testigos; o a deshora en la ermita para despistar a las gentes y librarse del ruidoso bullicio y jolgorio. Porque de ordinario los cencerros les acompañaban a la Iglesia y no cesaban hasta después de la boda, cuando ya salían de la Iglesia convertidos en marido y mujer, iban detrás de ellos dando ruido y cantando hasta la casa donde se disgregaba el bullanguero acompañamiento. No eran los ruidos lo peor que tenían que soportar los novios sino los cantos y las coplas que los mozos entonaban explicando las razones que habían movido a los padres a tomar aquella determinación contra la voluntad de la hija.

La cencerrada entran en el ciclo de las costumbres no aprobadas por la Iglesia ni por la autoridad civil; pero eran celebradas por el pueblo conforme a un sistema de defensa de su peculiar forma de considerar la moralidad pública, haciendo burla del que se casa varias veces o del viejo o viuda que no se conforma con su estado, o de los padres casamenteros por interés que casan al mozo con la vieja desdentada o la tonta para hacerse con sus bienes. Así la cencerrada subrayaba lo reprobable de los matrimonios desiguales por edad o dinero.

El uso de dar cencerradas estaba extendido en todo el mundo rural, e incluso en el urbano. Como recoge E.P. Thompson, en “Costumbres en común”,1995 Grijalbo Mondadori, o Eugenio Noel “España nervio a nervio”, editado por Espasa-Calpe, en 1963.

jueves, 19 de febrero de 2009

Noche de Reyes...


De todas las noches del año la más mágica y repleta de ilusiones es, sin lugar a dudas, la del cinco de enero, Noche de reyes. En Gaibiel, la austeridad de sus gentes, desconoció secularmente la hermosa escenificación con que se celebraba la venida de sus Majestades de Oriente en otros lares. Aquí amanecían, sin más, los escasos y humildes regalicos en el balcón, junto a las desgastadas alpargaticas -que se habían dispuesto allí- acariciando el deseo de que los reyes no pasasen de largo sin dejar caer alguna cosica.

La sencilla y rudimentaria cabalgata de reyes se organizó -por vez primera en Gaibiel- recién terminada la guerra. Fue promovida por el cura, recién llegado, Don Manuel Gil con la colaboración de la maestra Dª Mercedes Aliaga. Ilusionados realizaron, con algunos ayudantes, el vestuario de los Magos: las coronas con cartón revestidas de papel plata; con lana de los colchones, cosieron las barbas y pelucones, las capas las pidieron prestadas de algún vecino y con feccionaron unas sencillas túnicas. Con este torpe aliño indumentario se vestían aquí sus altezas para despistar a los pequeños, cosa que no siempre consiguieron. El peor parado siempre era el pobre negro tiznón. Baltasar, era embadurnado con un corcho requemado y, de negruzco que quedaba, no se le veían más que los dientes y el blanco de los ojos. Lo dramático -para él- no era que durante un par de semanas fuera el hazmereir de todos por su tez caribeña (ya que la tizne del corcho dejaba un rastro dificil de sacar) sino los llantos de los pequeños cuando se acercaba a ellos; porque -en lugar de darles una agradable sorpresa- les daba un susto de muerte. Y es que, negros, por estas tierras, no se habían visto jamás ni en foto.

La generosa comitiva salió, ese año, de las escuelas, y sobre las seis de la madrugada. Recorría las calles por el orden indicado por el alguacil (a quien le comunicaban los vecinos la voluntad de recibir visita) e iban acompañados del sereno a las casas que debían visitar. Antes de llamar a la puerta, desde el "mimbral" un compinche de los pajes le entregaban el regalo al rey. Tocaban a la puerta y aguardaban a que los padres saliesen con los pequeños, envueltos en mantas, al balcón. Entonces Melchor, Gaspar o Baltasar, -según quien fuera el rey del niño-, se encaramaba en el caballo y le extendía el presente a cada niño. Los pequeños, con los ojos legañosos, no salían de su asombro al contemplar -en medio de la noche- tan extrañas figuraciones.

Ese día, los niños antes de irse a dormir ponían en los balcones una cubeta de agua para los camellos y unas mazorcas de maíz, que aparecían mermadas al día siguiente por la voracidad de los caballos venidos del lejano Oriente. Junto a ello, no podían faltar las alpargaticas por si caía algún dulce o caramelico, turrón de tosas, peladillas... Dulzuras, muchas de ellas, que vendía durante todo el año la tía Marieta con su cesta al brazo.

Los regalos eran bien escasos y sencillos (“cosicas pequeñas”): muñecas de cartón o tela, alguna talla de madera, alguna cuna, una pelota de tela, un parchís, cajas de colores, morteritos de dulce… “todo mu pobretico”.

Al día siguiente iban todos a Misa mayor, se besaba al Niño-Dios y se salía al paseo para enseñarse sus juguetes. Eso quien tenía suerte, porque por aquel entonces, eso de tener reyes no dependía de ser bueno (que también) por que había quien, habiendo sido todo el año un bendito, más bueno que el pan, no recibía mas que un par de nueces y tres castañas o una mandarina. Y gracias.

Pero aquella extraña visitación no concluía con la aparición de los tres personajes regios sino que se extendía a los días posteriores; porque –en muchos casos-, a penas contada una semana, los juguetes desaparecían como por arte de magia para no volver a aparecer hasta la noche de reyes del año siguiente. Más rápido aún se esfumaban si el comportamiento no era el debido, de modo que si se quería disfrutar por algún tiempo de los regalos había que ser obediente y servicial.

Ese año de 1941 comenzó la tradición de la cabalgata. Los primeros años fueron reyes Manuel de Vitorino, Antón de la Rulla, Jesús y Elías… con los machos y caballos que les dejaban para la ocasión. Andando el tiempo se cambió la hora de la entrega de juguetes por los fríos de la noche.

lunes, 9 de febrero de 2009

Los impuestos civiles más comunes...

Recojo aquí sólo algunos de los más significativos impuestos y gravámenes que -durante siglos- hubieron de pagar al fisco los pobladores de estas tierras y de los cuales aún queda algún vago recuerdo en los muy mayores de haberlos oído referir a sus antepasados. El sistema rentístico que heredó el siglo XIX era complicado, en cierto sentido absurdo y dispendioso, conformado por: la alcabala, los cuatro unos por ciento, los millones, la sisa, el quinto y millón sobre la nieve, el fiel medidor, el estanco del tabaco, las aduanas interiores y otros gravámenes que pesaban sobre nuestro maltrecho pueblo. Presentemoslos brevemente:

LA ALCABALA. Era el impuesto indirecto regio cobrado desde la baja edad media hasta el siglo XIX, que gravaba las transacciones económicas. Obligaba al pago del 10 % sobre valor las compraventas. Se cobraba, sobre el vino, vinagre, aceite "sobre todo lo que se vendiese, trocase, cambiase o permutase". Muy pocos artículos estaban exentos de este gravamen, que abarcaba a los trueques y permutas calculándose en este caso, sobre el valor de ambas cosas intercambiadas.

Los alguaciles del Concejo, sometían a rigurosa vigilancia la entrada y salida de géneros en la villa, así como los movimientos de los comerciantes al por menor y de los lugares de almacenamiento como hornos, bodegas, etc.

Algunos pueblos, establecían rebajas en la alcabala, en determinados días del año, como aliciente para que los vecinos de sus contornos se acercaran a comprar y vender los días de feria.

En un principio, este impuesto era se cobrado por los alguaciles y se entregaba a la Hacienda Real. Sin embargo, más adelante, los pueblos se encabezaron por una cantidad fija al año; es decir a cada pueblo se le impuso la obligación de pagar una cantidad fija anual (llamada por esto mismo "encabezo"), que por lo general se arrendaba a una persona influyente. Su importancia disminuyó durante los siglos XVI y XVII, para terminar por ser definitivamente suprimida (aunque, en 1812, las Cortes de Cádiz procedieron así mismo a su eliminación, la vuelta al absolutismo la recuperó) en 1845, cuando el ministro de Hacienda Alejandro Mon llevó a cabo una importantísima reforma del sistema impositivo.

FIEL MEDIDOR. Consistía en el pago determinado por cada cántaro o arroba de vino, vinagre o aceite, que se medía pesaba o consumía.

El fiel era responsable oficial de contrastar los pesos y medidas. Tenía capacidad para el reconocimiento y vigilancia de los pesos, medidas y calidades de las mercancías vendidas públicamente. Así el fiel de carnicerías tenía a su cargo la supervisión del peso de la carne para el abasto público; el fiel medidor estaba destinado a asistir a la medida de aquellas cosas que tenían tributo de saca, como el aceite, el vino y los granos; el fiel marcador y tocador de plata era el responsable de contrastar la calidad de este metal, etc.

LA SISA. Era un impuesto aplicable a productos de primera necesidad. Consistía en entregar al comprador una cantidad de género menor al que se pagaba, para hacer frente por parte del vendedor al pago de impuestos o gastos locales, que debía entregar a los recaudadores. Así sobre el vino se sisaba un ochavo (1/8) o un retrochavo.

SERVICIOS Y MONTAZGO. Era un impuesto que originariamente consistía en la entrega de un número determinado de cabezas de ganado o su equivalente en dinero por cada millar, y el pago de los derechos de pasto en tierras de realengo. Con el tiempo se fue transformando en un impuesto que abonaban los ganados trashumantes por le derecho de paso cuando iban en busca de tierras altas y atravesaban determinados puertos, o por pastar en prados y montes comunales. Unas veces lo percibían los Concejos y otras la Hacienda real. Suprimido en 1783, quedó constituido por la “renta de las lanas” o impuesto sobre las lanas que se exportaban.

RENTAS DECIMALES DE NATURALEZA ECLESIASTICA. Eran impuestos procedentes de los décimos del estamento eclesiástico y que por alguna necesidad puntual, o para favorecer a los monarcas católicos, los Papas concedían a éstos. Entre otros tenemos: Las Tercias Reales, Novales, Excusado, Exentos y Noveno.

lunes, 2 de febrero de 2009

Los instrumentos para medir y pesar

El sistema de trueque, que regía en las sociedades rusticas, buscaba equidad y objetividad en las transacciones con el empleo de unidades e instrumentos de medida. Unidades que se han empleado en los intercambios de nuestros antepasados secularmente y para nosotros -hoy- en desuso y desconocidas. Hagamos un intento de aproximación a las más empleadas en Gaibiel, como en cualquier sociedad agrícola del pasado.
Medidas de superficie. Las unidades para medir la superficie, en las poblaciones agrarias, eran muy importantes por cuanto la subsitencia dependía del cultivo. Tradicionalmente para medir superficies grandes se empleaba como referencia el mismo trabajo del labrador (el jornal...), o cantidad de simiente necesaria para la sembra de una viña o bancal (como el cuartal...), etc. Las más usadas eran:
El jornal: era la medida casi exclusiva de las viñas, equivale a medio cuartal, o la superficie que un jornalero era capaz de cavar en un día.
El cuartal: Era la cuarta parte de una fanega, equivale a unos 450 m2, si bien esta estimación podía variar entre unos 400 y 500 m2 dependiendo de la zonas en que se ubicase el terreno. También se denominaba Cuartilla a la cuarta parte no sólo de la fanega sino de una cantara, una arroba, o un pliego.
La fanega: Eran cuatro cuartales de tierra. Solía hablarse de fanegadas o fanegas de puño o de sembradura, aludiendo al espacio de tierra que se puede sembrar con una fanega de trigo.
Carros de abono: Por cada cuartal de tierra estimaban necesarios cuatro carros.
Vara cuadrada: se empleaba para superficies pequeñas, como la bodega o la cuadra.

Medidas de peso y capacidad.
Arroba: 25 libras
Libra: 16 onzas
Cuarterón: 4 onzas
Onza: 1/32 Kg.

Medida de los áridos y granos. Se medían por volumen y no por peso como se acostumbra en la actualidad. Normalmente se empleaban cajas o cilindros de madera (porque difícilmente se deformaba).
Almorzada la cantidad que cabe en el hueco de las dos manos juntas.
Cuartal: se empleaba para medir el trigo, la cebada, el centeno... su capacidad variaba según el grano. El cuartal de centeno en grano daba 10 kg. El de trigo 11,5 kg. Y el de cebada 8 kg.
Celemin: Era la medidad usual de los áridos y contenía cuatro cuartillos, su capacidad era equvalente a 4.625 mililitros. Se denominaba Celemimada a la porción de grano que colmaba esta medida.
El cuartillo: era la cuarta parte de un celemin, de un azumbre o de un real. Acostumbraba a usarse para la venta de semillas... Los cuartillos solían tener unas marcas exteriores a fin de poder hacer las divisiones del medio cuartillo y del cuartillín (¼).
También hay otras unidades como el celemín y el medio.
Maquila: Era la porción de grano, harina o aceite que cobraba el molinero. Medida utilizada por el molinero para cobrar el precio de la molienda o maquilar.
- Un cuartal = 3 celemines = 6 medios = 24 maquilas
- Un celemín = 2 medios = 4 cuartillos = 8 maquilas
Medidas de los líquidos se distinguía entre el aceite y cualesquiera otros líquidos. La razón era obvia, el aceite tenía un coste más elevado. El aceite si se vendía al por mayor se medía por arrobas, y al detalle por cuartillas.

Arroba: peso de 25 libras de 16 onzas. El arrobal solía contenerse en odres( cueros cosidosy empegados que servían para contener los líquidos).
Azumbre: era la octaba parte de una arroba.
Las medidas de los líquidos derivan de los recipientes que, en principio servían para contenerlos, pero acabaron convirtirse en unidad de medida.

Cántara o cántaro: era una vasija grande, de boca angosta, ventruda y con una o dos asas. Su capacidad venía a ser de 16 litros, los múltiplos eran:
- el Cañado, equivalente a dos cántaros.
- el Miedro, que equivalía a doce cántaros.


Los divisores del cántaro eran:
- la media cántara, equivalente a 8 litros,
- la cañada o cuartilla, equivalente a cuatro litros,
- y el cuartillo, que equivale a medio litro.

Medidas de peso
Para la medición de pesos, desde la romanización de al península, se han empleado dos tipos de balanza: la de brazos iguales con platillos y un sistema de pesas y la de brazos desiguales o romana.
El instrumento más utilizado para pesar en las transacciones fue la romana. Las había de diferentes estilos, con o sin platillo. Mientras que en las abacerías se utilizaba la balanza.
Sin embargo la mayor parte de los productos se vendía por capacidad, debido a que era más sencillo, rápido y a su vez, se prestaba menor fraude. Las más comunes eran:
Cuarterón: equivale a ¼ de libra
Libra: equivale a 16 onzas, o sea, 460 grs.
Arroba: equivale a 25 libras, o lo que es lo mismo 11,5 kg.
Quintal: equivale a 4 arrobas, o sea 46 kg.

Medidas de longitud
Los rústicos criterios de medida para cuantificar la longitud recurrían a unidades lineales, cuyo origen ha de buscarse en las antropométricas, es decir, en las diferentes dimensiones del cuerpo humano (el pie, el codo, la mano...), o en las acciones que desarrollar el hombre (las distancias que es capaz de recorrer en una jornada, la cantidad de producto que puede transportar, etc) o en las actividades que podían realizar los animales domesticos que le auxiliaban en sus tareas agrarias (por ejemplo, la superficie de terreno que un animal podía arar en un día...).
Algunas de esas unidades de medida de la longitud más usuales, en nuestra tierra, fueron las siguientes:
Legua: equivalente a unos 5.500 metros. O sea, el camino que se podía recorrer aproximadamente de media en una hora.
Milla:era un1/4 de legua.
Estadal: equivale a 3,36 m
Braza: es la longitud de los dos brazos abiertos y se traduce por dos varas
Vara: es igual a 84 cm. Múltiplos de la vara son el estadal, que equivale a cuatro varas y la braza, que equivale a dos varas. Divisores de la vara son:
- el palmo o la cuarta, igual a ¼ de vara o 21 cm.
- y el furco o media cuarta, abertura de los dedos índice y medio.
Jeme : distancia entre el dedo pulagar y el dedo índice, separando uno del otro todo lo posible.
Pulgada: es la sexta parte del palmo. Se mide con la falange uñada del dedo pulgar.
El dedo: medida variable según cual se empleara: “dame un listón de un dedo de ancho”. El dedo índice era el que se solía usar como medida de longitud.
Brazada: capacidad de leña, paja o hierba que puede abarcarse entre los dos brazos de un hombre de constitución normal.